20 jun. 2014

CONVERSACIONES EN "CLARÍN". (Año XIX • Nº 111 • Mayo-Junio de 2014)

MIGUEL ALLENDE,
la memoria y el símbolo

Cristóbal Ruitiña y Alfonso López Alfonso





Hay una generación de escritores en asturiano que contribuyeron decisivamente a soltar esta lengua del anclaje costumbrista y popular para convertirla definitivamente en una lengua literaria. Los primeros en dar ese salto fueron la generación del baby boom, los nacidos al albur del desarrollismo de los años sesenta.  Antón García, Berta Piñán, Esther Prieto o Xuan Bello son nombres imprescindibles de esa Segunda Promoción del Surdimientu, que injer una nueva manera de decir en el tronco de la lengua asturiana. A esa generación que comenzó a publicar a mediados de los años ochenta pertenece por edad Miguel Allende (Laviana, Asturias, 1960), quien aunque no dio a la imprenta Pallabres de payaso, su primer libro de poemas, hasta el o 2004, no deja por eso «de ser un genuino representante de este grupo, participando activamente en las movilizaciones de la Universidad de Oviedo a finales de los años setenta o en la vida literaria del valle del Nalón», como nos indica el escritor y estudioso Antón García.
Licenciado en Filología Románica  y educador de la Fundación Docente de Mineros Asturianos (antiguo Orfanato Minero), Miguel Allende es responsable de una muy original traducción al asturiano de El médico a palos, en la que descubrimos a un Molière s picantón que en castellano; Allende ha ganado todos los premios importantes que se pueden ganar dentro de la poesía asturiana con sus libros Güelgues de gallón  y Pastoral  en sol mayor (Endecha de la memoria); sus poemas han sido antologados es también autor de diversos relatos que va publicando periódicamente en el blog Cuadernu de rayes, de los que una selección aparecieron en libro en 2013. 
Pero lo s importante de Miguel Allende no es nada de lo anterior, al fin y al cabo vanidades literarias, sino su fidelidad a unos modos de vida con los que intenta ser coherente y mediante los que pretende mantener viva la memoria de sus ancestros, de sus abuelos campesinos y su padre minero. En Canzana, una aldea del valle del  Nalón, muy cercana a lo que fue la vieja mina del Coto-Musel, levantó piedra a piedra su casa para intentar reconstruir  un paraíso que quizá nunca estuvo perdido. Como un símbolo de resistencia, después  de volver de su trabajo en Oviedo, allí tiene algunas vacas casinas, unas ovejas, una yegua, gallinas, ocas, manzanos, una higuera que le da buena sombra, un huerto, unos cuantos prados y un trozo de monte. Y se dedica a ordeñar las vacas, recoger el heno, ensillar la yegua, preparar el huerto, trasquilar las ovejas, cerrar las fincas... A trabajar duro y con las manos. y cuando tiene algo de tiempo libre, tras volver de la cuadra a paso meditativo  y con la lechera llena colgándole de la mano, agarra la guitarra y rasguea algunas canciones de autor, de Bob Dylan, de Simon & Garfunkel,  de Leonard Cohen, de Joaquín Sabina o de Chicho Sánchez Ferlosio; o bien, sentado en la mecedora del porche, tiene con el crepúsculo alguna de sus arrancadas anarquistas y se enfada con el mundo, despotrica con voz serena contra esto y aquello, se lamenta de la situación de la lengua asturiana, recuerda a algunos viejos militan-






Mi familia venía del campo (todos mis abuelos trabajaron la tierra y tuvieron ganado) y mi padre, aunque minero, también siguió compaginando las labores del campo con su trabajo, así que desde muy pequeño supe lo que era andar detrás de las vacas, del arado o a la hierba

tes de la CNT  y llora por dentro de impotencia esperando a que se le pase; o sencillamente se sienta ante el escritorio, con el magnífico espectáculo del valle del Nalón a sus pies y la hermosa cresta de ese animal  legendario  y dormido que es Peña Mea a su espalda, y escribe algunos de los mejores versos que se han escrito en lengua asturiana.

—Naciste en 1960 en Laviana, en la cuenca del Nalón, entre el campo y la mina. ¿Cómo recuerdas aquellos primeros años de aprendizaje y colegio?
Laviana, efectivamente, estaba  entre el campo y la mina y creo que, de todos los concejos mineros del valle del Nalón, siempre fue el s apegado a la tierra. Esto, para mí, fue fundamental  y ahora, con el paso de los años, veo que acaso fue definitivo.  Mi familia  venía del campo (todos mis abuelos trabajaron la tierra y tuvieron  ganado) y mi padre, aunque minero, también siguió compaginando las labores del campo con su trabajo, así que desde muy pequeño supe lo que era andar detrás de las vacas, del arado o a la hierba. En mi huerto machadiano había patatas y berzas, y a través de los altos maizales del verano veía recortada la silueta de Pa Mea  los días azules. Supongo que el nítido azul es siempre el color de la infancia, de cualquier  infancia. Sé que fui feliz todos aquellos años a pesar de ir, con el paso del tiempo, reconociendo el gris del país en el que vivíamos todos. No obstante la infancia  y la adolescencia en un pueblo como la Pola de Laviana giraron en torno al contacto con la tierra, que allí es monte, a la escuela y a los primeros años en el Instituto, en los que se hacen los primeros compañeros de andanzas y estamos dispuestos a aprender de todo. Fue una época en la que también nuestros padres querían que estudiásemos «para no ser como ellos», para no acabar como ellos en la mina, por ejemplo. Creo que hubo un ambiente de superación muy propicio en ese sentido. Tuve la suerte de contar con buenos amigos y en ese ambiente se dieron las circunstancias que hicieron s llevadero aquel mundo de pobreza, sobre todo moral, que ahora puedo ver con s claridad. En este caso se puede decir con propiedad que cualquier tiempo pasado fue peor, aunque debido a todo esto que os comento no nos lo parecía tanto.
—Estudiaste en el Orfanato de Mineros Asturianos, una institución imaginada por el sindicalista Manuel Llaneza para dar cobijo a los hijos de los trabajadores que se tragaba la mina o que enfermaban de silicosis, y hecha realidad en los años de la II República, cuando la dirigió, inspirándose en la Institución Libre de Enseñanza, el ingeniero Ernesto Winter Blanco, asesinado durante la Guerra  Civil en las inmediaciones del internado, ¿qué ambiente se respiraba en ese emblemático lugar durante los años en que estudiaste allí?
Entré a los quince años para hacer sexto de Bachillerato y el C.O.U. en el Instituto Alfonso  II de Oviedo. Fue justo entrar en septiembre y al poco tiempo morir el dictador.  En aquel momento el Orfanato Minero estaba dirigido por gente del Opus Dei, aunque tuve la suerte de tener a algunos buenos educadores. Recuerdo especialmente a Manuel Ángel, de Latores, o a José Ramón, de Luarca, dos buenos maestros que se habían colado por alguna grieta del sistema y que me marcaron con el sello indeleble que da siempre el buen ejemplo. n así, el aire que se respiraba era bastante  estricto, con la ñoñez de la rancia secta fundamentalista que fue cambiando a lo largo de esos años que pasé allí, cuando los sindicatos mineros volvieron a tomar posesión del Centro, en parte gracias a la presión que hicimos los alumnos contra aquel sistema, puesto que incluso llegamos a hacer una huelga de hambre. De todas formas, cuantos estábamos  allí  sabíamos que la Institución era una buena oportunidad para poder estudiar un oficio que nos alejara de la mina o también poder ir a la Universidad. Aparte de esto, lo más importante fue conocer a nuevos amigos y compañeros que estaban en la misma situación social que la mía. Todos éramos hijos de mineros que, o bien se habían muerto en la mina o estaban muy enfermos a consecuencia de ella. En el Orfanato conocí a los primeros compañeros con conciencia social de clase. Recuerdo sobre todo a Manolo  Orvíz —militante comunista— y a José Miguel, que se pasaban las noches en los servicios escuchando los partes diarios de la enfermedad del dictador y esperando la noticia de su muerte. Todos los amigos que hice allí fueron trascendentales para aquel chaval de la Cuenca que llegaba a Oviedo, en aquel momento en que el mundo de la dictadura franquista se estaba  pudriendo. Para mí supuso el poder ir tomando conciencia de que la realidad que se vivía no era la que se pintaba desde medios oficiales  y creo que todo ello fue también definitivo en mi forma de entender el mundo, todo lo vivido en aquellos años de la llamada Transición democrática, años en los que la juventud de entonces fue pasando, por resumirlo, desde ideales prometeicos a ideales dionisíacos, en una especie de aguas turbulentas que en muchos casos se llevaron a muy buena gente.
Tus abuelos fueron campesinos, tu padre minero. Enfermó en la mina y murió joven. Esta cicatriz está muy presente en tu obra, pero hay sobre todo un libro Pastoral en sol mayor— que está dedicado a él. Para preguntarte con palabras que utilizas en ese libro, ¿qué queda cuando a un padre nos lo arranca la muerte tan deprisa?


En aquellos años de la llamada
Transición democrática, años en los que la juventud de entonces fue pasando, por resumirlo, desde ideales prometeicos a ideales dionisíacos, en una especie
de aguas turbulentas que en muchos casos se llevaron a muy buena gente

Esa era la pregunta que le hacía por ver si de alguna manera él tendría la clave del mundo: ¿qué hay después de la muerte, solo nada? Pero fue en vano.
Es verdad que queda dolor, quedan buenos recuerdos también y queda sobre todo el tomar conciencia de la vida y de algo a lo que hasta entonces nunca había dado importancia o incluso había despreciado, la herencia del pasado. Cuando murió, yo tenía veintidós años y no era muy consciente de que me había enseñado —sin querer probablemente, que es como mejor se enseña todo lo esencial. Eso que él había aprendido de mis abuelos, y ellos de mis bisabuelos, etc. De él aprendí a querer las cosas que en la actualidad más felicidad me proporcionan: la querencia de la tierra, la lengua, todo lo esencial en resumen. Aunque minero, siempre trabajó la tierra, siempre hubo animales en casa y creo que ese tipo de vida que se ha ido perdiendo casi por completo, nos ha hecho más débiles y vulnerables, a toda la sociedad en su conjunto. Vuelvo muchas veces a un verso de Julio Llamazares  de La lentitud de los bueyes que expresa a la perfección este sentimiento, es ése que dice: «yo vengo de una raza de pastores que perdió su libertad cuando perdió sus ganados y sus pastos».
Así lo creo. Yo conozco muy bien esregión en donde ahora se espesan  el silencio y la retama, como dice el poeta. Antes no era consciente, pero ahora la aprecio y estoy seguro de que existe, y fue mi padre precisamente quien me la enseñó. No sabemos lo que hay después de la muerte, pero sabemos lo que hay antes y lo que hubo porque eso es lo que queda.


La lengua que aprendí en mi casa, en mi pueblo, con la que me crié
y vivo es el asturiano. La toma de conciencia tanto de esto último, como de lo primero, de mis limitaciones
en general, es lo que en poesía se suele llamar de manera un poco rimbombante «buscar la propia voz»




—Cursaste tus estudios universitarios durante los años de la Transición a la democracia, ¿cómo era, desde tu punto de vista, la Universidad de Oviedo entonces?
Aunque había algunos buenos profesores, en general era gris, como toda la sociedad de aquella época, pero aquella Institución franquista plagada de reinos de Taifas, fue para mí el pretexto para conocer la otra Universidad, s interesante, la de la calle, la de los libros de compañeros en bares y chiringos  o en los pisos de estudiantes, la de los cines de la ciudad, la de las asambleas de las Facultades y las manifestaciones contra el sistema. Creo que, además, también me tomé al pie de la letra el antiguo himno universitario, aquello de «Gocemos, pues, mientras seamos jóvenes». No hay queja. Hay que tener en cuenta que no habían pasado ni siquiera diez años de los acontecimientos de mayo del 68, con lo cual podíamos entonces soñar un poco al rebufo de la única revolución que mereció la pena del último medio siglo y que puso el mundo patas arriba.
—¿Cómo y con quién viviste la efer vescencia cultural de aquellos años?
En la Universidad había unos cuantos grupos importantes que se movían a nivel reivindicativo  y asambleario. En primer lugar estaba el PCE, quizás el s organizado  y activo, y también la llamada extrema izquierda, grupos trotskistas, leninistas, maoístas, etc. En Oviedo, los grupos anarquistas eran quizás s minoritarios, aunque siempre participativos. Del PSOE tampoco recuerdo mucha gente militante por aquellos primeros años.
Después de las primeras elecciones fueron quedando más claras las opciones y del PSOE, sin saber cómo, empezó a aparecer gente de hasta debajo de las piedras.
Personalmente nunca milité activamente en ningún grupo, aunque creo que sabía muy bien dónde tenía que estar. Con mucha gente de entonces llegué a tener buena amistad, porque además del componente potico, inevitable en aquel momento y generalizado, también había una inquietud sociocultural que creo que era producto de que por primera vez en la historia los que procedíamos de la clase trabajadora y de los pueblos llegábamos a la Universidad en un número considerable. Eso explica, por ejemplo, la revalorización que se dio por primera  vez, y a partir de entonces de una manera digna, a la lengua asturiana.
—Publicas tu primer libro bastante tarde, en 2004, cuando ya tenías más de cuarenta años, pero seguro que el proceso de maduración fue muy largo. ¿Cuándo empezaste a escribir?
Creo que se empieza a escribir, fundamentalmente, por imitación, es decir, primero es la lectura de buenos libros y después viene casi sin querer la escritura. Supongo que leer a poetas como Lorca, a la generación del 27, en general, a Machado…  y después a muchos otros poetas, fue lo que me llevó a hacer los primeros versos en la adolescencia o primera juventud. Siempre me gustó la poesía, pero la que yo hacía no me gustaba demasiado, al menos como para verla publicada en un libro. Siguieron lecturas y tertulias y algún recital público también, pero creo que un momento clave en ese proceso de maduración que decís es cuando uno toma conciencia de sí mismo. Por un lado siempre se trata de imitar a los autores que nos gustan, de tratar de hacer lo mismo que ellos y, por otro lado, mi lengua no es el castellano, o el francés, por decir. La lengua que aprendí en mi casa, en mi pueblo, con la que me crié y vivo es el asturiano. La toma de conciencia tanto de esto último, como de lo primero, de mis limitaciones en general, es lo que en poesía se suele llamar de manera un poco rimbombante «buscar la propia voz». y eso creo que es lo que trato de hacer modestamente para bien o para mal.
—¿Cuando escribes piensas en algún destinatario?
Creo que no. Sobre todo la poesía es abstracción, forma parte del propio pensamiento y por tanto no podría hacerse con concreción, desde mi modo de pensar. No obstante, es verdad que cuando se escribe es porque tenemos algo que contar, así lo creo, y por tanto todo lo que se hace es para que sea leído por el mayor número posible de gente. Que lo consigamos o no depende de muchos factores. En un blog se pueden apreciar en ocasiones los asuntos que s gustan a la gente que te lee, aunque nunca escriba por gustar s o menos, sino porque creo que tengo algo que decir.
—¿Quiénes son los primeros lectores de tus textos?
La gente próxima, mi familia, mi mujer y mi hija sobre todo, que son quienes s pendientes están de lo que escribo. También los amigos, los que entran en mi blog y hacen comentarios. Son todos ellos quienes me animan a seguir escribiendo.
—¿Cómo nacen tus textos? ¿Una imagen, una palabra, una historia?
Hacen falta las tres cosas.  Si bien en las prosas del blog la historia, por pequeña que sea (una anécdota, un suceso ocurrido hace años o contado), tiene s relevancia que una palabra o una imagen, en poesía en cambio son esencia- les tanto la palabra como la imagen. La poesía suele nacer del encuentro de dos palabras que, de otra manera, nunca se encontrarían. Cuando el poeta Antonio Gamoneda dice por ejemplo, «hierba negra», sabemos que esa imagen no existe en la realidad. La hierba es verde, como se sabe, pero el encuentro de la hierba con ese otro color abre paso a un nuevo significado que el poeta expresa con sólo dos palabras y que para exponerlo racionalmente haría falta un folio entero o más seguramente.
Tanto en tus relatos como en tus poemas se observa que desde bastante joven has andado mundo y que consideras el viaje una herramienta imprescindible de aprendizaje. ¿Cuándo hiciste tu primer viaje? ¿Cómo solías viajar? ¿Cómo viajas ahora?
Viajar es vivir. No hacer turismo, sino que es aprendizaje vital. Por otro lado la literatura, la buena literatura, eshecha de viajes. Es por tanto una forma s de escribir, si entendemos la escritura como testimonio vital, que creo que es la única forma de entenderla.
Siempre me gustó viajar  y creo imprescindible, no sólo para el escritor, el conocer otros países, otras culturas, otras formas de ver el mundo. Siempre se aprende de otros pueblos y a la vez creo que el hecho de conocer otras culturas nos hace reconocernos mejor a nosotros mismos. Para alguien que se dedique al mundo de la política, por ejemplo, debería ser obligatorio. Muchos de los problemas de nuestra sociedad estarían resueltos si gran parte de quienes nos gobiernan hubiesen viajado un poco más.
Mi primer viaje al extranjero fue en las Navidades de 1979, con 19 años. Yo necesitaba aprender un poco de francés para aprobar en la Facultad de Letras y fui a París una semana y además anduve algún tiempo s por Francia solo, con una mochila  y haciendo autostop. Algo de francés apren, pero sobre todo conocí una sociedad que en aquel momento era muy distinta de la otra en la que yo vivía en España. Después vinieron otros muchos viajes y siempre que puedo preparo alguna escapada.  Sigo viajando como siempre, pateando los pueblos, las calles de las ciudades. Me interesan s las gentes que viven en ellas que los monumentos, por grandes que sean. Ahora suelo viajar en coche y me suelo quedar en algún hotel en vez de un camping, pero en lo esencial viajo como siempre, como la primera vez.
—¿Qué crees que le ha aportado a tu literatura tu trabajo como educador en la Fundación Docente de Mineros Asturianos, el antiguo Orfanato en el que estuviste como alumno?
Aunque el trabajo de educador es enseñar, sospecho que no soy el único que cree que siempre aprendemos mucho de aquellos a quienes enseñamos. No sé si esta circunstancia puede dar al docente una visión del mundo con más perspectiva. Quiero creer que sí y espero que de alguna manera se refleje esta circunstancia en cuanto escribo, aunque tal vez sea sólo un deseo, no sé. Será el improbable lector, como decía Borges, quien lo juzgue.
—¿Cómo te decidiste a publicar Pallabres de payaso, tu primer libro?
Fue una casualidad y lo publiqué sin mucho convencimiento. La idea que tengo de la poesía es más oral que escrita, aunque en nuestro tiempo se tienda a esto último sobre todo. Los poemas del libro nacieron a primeros de los años 80 en pequeños recitales donde a veces se leían en castellano y otras en asturiano, un asturiano no normativo o, como se suele decir amestao. De ahí pasaron a manos de la editorial Trabe de Antón García hacia mediados o finales de los noventa, quien se encargó de corregirlos para su publicación.
—Conociste al recientemente fallecido Agustín Gara Calvo, ¿podrías contarnos en qué circunstancias?
La primera vez que oí hablar de García Calvo fue en el verano de 1978 en una tertulia anarquista de Madrid cerca del Rastro, en una cervecería llamada El Cayetano. Paraba por allí Jaime Pozas de Villena, entonces Secretario de la CNT madrileña y amigo de García Calvo. Los dos habían sido expulsados de la Universidad franquista en el o 65, Agusn como Catedrático de Latín  y Jaime como estudiante de la Facultad de Químicas. Por aquella época García Calvo ha-


Siempre aprendemos mucho de aquellos a quienes enseñamos


a sido restituido en su cátedra de la Complutense y ades de publicar algunos libros de poesía, lenguaje, filosofía, etc. solía hacer conferencias-coloquio por todas par tes. En Madrid, en la Universidad de Oviedo, en el local de la CNT de la calle del Carpio, tuve la opor tunidad de verlo en muchas ocasiones en acción, en la faceta que a él s le gustaba, ya que era un gran orador. Uno de sus libros que más me gusta y me marcó es su Sermón de ser y no ser. Ahora, con el paso de los años, me he dado cuenta de que nunca me defraudaron sus enseñanzas, al contrario de otros profesores universitarios que parecían sabios y acabaron convertidos en peleles.
—Güelgues de gallón es un poemario complejo desde el punto de vista técnico y con una gran ambición estilística. Hay en él un juego de máscaras muy elaborado y cierta tendencia a lo narrativo, en el sentido de que parte de un manuscrito encontrado y se da voz a un personaje muy simbólico. ¿Qué encierra ese urogallo o gallón al que hace referencia el título?
El urogallo es un animal en grave peligro de extinción. Cualquiera que se acerque a la cultura asturiana, a pesar de los esfuerzos realizados por conservarla, algunos con resultados muy positivos, como es el caso de la gaita o la tonada por dar nada s que dos ejemplos, se puede apreciar, sobre todo en lo concerniente a su lengua, que hay un proceso casi irreversible de desaparición, de pérdida de hablantes o de dejadez con respecto a ella por parte de las instituciones públicas, bien sea por ignorancia o por mala fe, que de todo hay. Desde hace treinta o cuarenta años la pérdida de hablantes patrimoniales nos ha dejado un panorama poco optimista con respecto a la supervivencia de nuestra lengua. Escribir en ella es como hacer esas  señales  o huellas que deja el urogallo en la nieve efímera. Esto no es un lamento, es una constatación. De todas formas ahí está la mejor  literatura hecha en toda la historia de nuestra lengua y comparable a cualquier literatura de cualquier parte. No sé si este patrimonio cultural, o el natural, sobrevivirán mucho tiempo, pero nadie puede decir que no sean bellos. En este caso la metáfora era muy fácil, pero no solo en lo concerniente a la lengua, sino a toda una cultura que se va perdiendo.
—En las prosas que cuelgas en el blog Cuadernu de rayes hay una indudable simpatía por los militantes históricos de la CNT, tan olvidados y maltratados con la vuelta de la democracia. Sin embargo, también se detecta cierta simpatía por los socialistas históricos. Si tuvieras que elegir, ¿te definirías como anarquista o como socialista?

En la Cuenca Minera, donde me crié, siempre hubo buen entendimiento entre ambos. Por ejemplo, en los años de la dictadura había un grupo de resistencia antifranquista que se reunía algunas veces en mi pueblo, en Canzana, y al que pertenecieron tanto mi suegro Jaime, histórico de la CNT, como Emilio Barbón, el abogado, histórico de la UGT y el PSOE. Hay que tener en cuenta también que esta entente venía ya de antiguo, desde la revolución del 34, donde la participación de anarquistas y socialistas fue conjunta. Tengo buenos amigos procedentes de ambas formaciones, gente noble con la que podría ir a cualquier par te. De todas formas y respondiendo a la pregunta hay una forma para definirse muy tradicional y que es la que s me ha convencido siempre, que dice, parafraseando las Escrituras  y sin que sirva de precedente, aquello de que «por sus hechos los conoceréis»; idea que, por otro lado, siempre se defendió históricamente desde las filas anarquistas y que creo que se debe de tener presente siempre como filosofía de vida.
Cuéntanos alguna de esas historias de viejos militantes anarquistas.
Siempre me acerqué a la cultura anarquista desde el respeto y suelo contar cosaque creo que de otra manera quedarían olvidadas para siempre, quizá incluso así seguirán permaneciendo olvidadas, pero me gusta contrastar estas  historias con aquellos que se puedan acercar a mi blog. Precisamente ahora en marzo se cumplen treintaiseis años de la muer te por tor tura de Agustín Rueda en la cárcel de Carabanchel en Madrid. Estamos hablando del o 1978, yo tea 18 años —ocho menos que Agustín Rueda—, de aquella época de la Transición que, al parecer, fue modélica a decir de muchos. Los torturadores y asesinos  no llegaron a cumplir ni ocho meses de prisión  y fueron  puestos en libertad por Landelino  Lavilla y Rodolfo  Marn  Villa (ministros entonces y dos alabadas glorias de esa llamada «Transición»). Hay mucha mierda debajo de esa alfombra, tanta que sigue oliendo cada vez peor, aún a pesar de haberla tapado tantos años.
—¿Cuáles son tus proyectos literarios presentes y futuros?

No quisiera escribir por escribir, no quisiera repetirme. Algunos autores han hecho o hacen siempre el mismo libro y eso me parece bastante aburrido. Me gustaría, en cambio, escribir un buen libro de poesía. Para la poesía siempre hay tiempo y yo la entiendo como parte no ya de quien la escribe, sino como eso que está ahí para todos y de todos, de todos los que quieran acercarse a ella, que dice, que emociona, que aprende. Hasta donde nos lleve.

2 comentarios:

  1. Un saludu noruegu Miguel. Ties que facete con daqué asturcón pa la to cuadra, son buenos pa desbrozar pel prau, y muy poéticos. Bueno, pero la herba ye dorao, eh; lo que ye verde ye la pación.

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    1. Poéticos pero mui sangrinos. Un saludu, Luis.

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